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Un santo muy pecador

  • Foto del escritor: Abel Farfan
    Abel Farfan
  • hace 3 horas
  • 6 min de lectura
Representación moderna, de L. Williams, de San Andrés Wouters con la soga al cuello y abrazando la palma del martirio. TrinityStores.com.
Representación moderna, de L. Williams, de San Andrés Wouters con la soga al cuello y abrazando la palma del martirio. TrinityStores.com.

Muchas veces (y en especial los jovenes) pensamos que la santidad es una virtud inalcanzable, un estado reservado para los virtuosos que pueden mantener un vida limpia, pura e intachable. Cuyos pasados han estado siempre unidos a una perfecta relación con Dios y que por eso han llegado a alcanzar tal gracia.

Sin embargo, nada está mas lejos de la realidad. Y ese es el caso de San Andrés Wouters.

No haré una mini-biografía de él, para eso pueden buscar en internet y encontrarán ahí suficiente información. Yo quiero centrarme en lo que lo descalificaba para ser santo y en lo que, a pesar de sus muchos pecados, lo llevó a convertirse en uno.

San Andrés Wouters era sacerdote. Pero no uno muy bueno y santo. Al contrario, le gustaba la bebida, tenía una concubina e hijos. Todo esto él lo había aceptado. Su vida era tan escandalosa que su obispo lo suspendió de toda función sacerdotal. Era una vocación fallida, un fracaso para el mundo, e incluso para la iglesia de su tiempo.

Y, a pesar de eso, llegó a ser santo.

Mientras leía un poco de su historia pensaba en otros santos con un pasado muy pecador y el nombre que más se me venía a la mente era el de San Agustín (uno de mis santos favoritos). También tuvo muchos excesos y cayó en muchos pecados, pero la gracia lo redimió y pudo llevar una vida santa.

Sin embargo, Wouters no tuvo ese camino. No fue alguien que logró vencer su pecado y llevar una vida más evangélica. Ah, pero lo que si fue muy evangélica, fue su muerte.

Murió martirizado. Dio su vida, nunca negó a Cristo. Es más, se fue capturado voluntariamente. Sabía que ese era el momento para expiar una vida llena de pecados. Y, con esa última ayuda de la gracia divina, nos dejó a los cristianos que le sucedieron, una enorme lección y una maravillosa frase: Fornicador, siempre fui. Pero hereje, nunca.

Personalmente, me impacta demasiado su testimonio. Durante los últimos cinco años de mi vida me he dedicado a la cura de almas (no como lo hacen los sacerdotes), pero si tratando con almas de adolescentes y jóvenes que llegan heridas a la Iglesia, muchas veces obligadas por la inscripción a la catequesis, y que gracias a la ayuda divina, con mucho esfuerzo, cuando dejaron la catequesis, en vez de irse, se quedaron para servir a Dios, y son chicos y chicas asiduas a Iglesia y con una vida mucho mejor llevada y vivida, que la que tenían antes de sus dos años de catequesis.

Toda esa labor que hice y hago con mis jóvenes y estudiantes, me ha ayudado a conocer la miseria humana, el vacío del hombre, la soledad, el miedo, la desesperación, el dolor, y tantas otras realidades que viven los niños y jóvenes, muchas veces en silencio, y sin nadie que les ayude a sobreponerse.

He visto niños (as), jóvenes y jovencitas estar inmersas en un sin fin de pecados, pero al mismo tiempo, con un amor intenso por Jesús. Creo que por eso me impacta tanto la vida de este santo. Porque nos representa a muchos cristianos que luchamos contra un vicio o pecado, y aunque caemos muchas veces, en nuestro corazón, seguimos amando tanto, pero tanto a Jesús.

Wouters representa a esos cristianos que aunque no se sienten dignos de llamarse como tales, no abandonan al Señor, al contrario, pareciera ser que son los únicos que están dispuestos a servirle. Por que los más "puros", no creen necesario tener que hacer servicio para Dios, ya que ellos son muy "santos".

La santidad, mis queridos chicos, consiste en saber levantarse. En saber volver a Dios. En confiar en él y no en nuestras fuerzas. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5,20). Sin caemos 10 veces, nos levantamos 11. Nunca nos damos por vencidos, o para decirlo mejor, nunca dudemos de la misericordia de Dios. A Él le duelen demasiado nuestras caídas, nuestros pecados, pero saben que le pesa más: que no queramos levantarnos, que nos quedemos inmersos en esos pecados, que no confiemos que Él puede salvarnos. Que dudemos de su amor.

El Señor nos levanta, yo lo sé, y lo sé muy de cerca. Si no fuera por su amor y su misericordia, ya me habría apartado de la Iglesia debido a la vergüenza por mis pecados. Por mis indecisiones. Por mi tibiez.

Señor, tu lo sabes todo. Tu sabes que te quiero (Jn 21,17). No saben como me duelen y me identifican esas palabras. Por que yo también le fallé a Jesús, yo también, como Pedro, le dije que iría donde el me mande, que diría que sí, si me llamaba, que daría mi vida por Él, si fuese necesario. Pero cuando me llamó. Dije que no. Hasta ahora me persiguen las consecuencias de mi negativa, hasta ahora cada vez que alguien habla de la vocación o que me preguntan si soy o si quiero ser sacerdote, o si me dicen, pareces cura, o alguna señora en la parroquia me llama y me dice, rezaré por ti, para que tu seas nuestro futuro párroco; ahí, en esos momentos, se me desgarra el alma una vez más. Tanto como el mismo día que le dije que no a Jesús.

Ya no puedo volver atrás. Ya no hay forma de decirle que sí ahora. Al igual que Wouters, soy una vocación fallida, un fracaso para el mundo y para la gente de Iglesia, que me mira como el desertor.

Pero, ¿saben quién no me abandonó?

Jesús.

Aún recuerdo como me devolvió todos los servicios que perdí por mi negativa, como olvidar que me dio aún encargos mas grandes, servicios mas complejos, regalos tan inmensos. Cada que veo al Señor en la misa o en una hora santa, no puedo más que repetir las mismas palabras que brotaron del dolor, el amor y el corazón de Pedro: "Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que quiero". Tu sabes que a pesar de mis miserias, este corazón joven te pertenece. Antes pensaba que ir donde tu me mandes, aceptar tu llamado o dar mi vida por ti, dependía de mi, que era mi decisión. Ahora, después de haberte fallado y de que me hayas levantado, entiendo que no, que no depende de mi, sino de ti. Que yo soy débil, y que tu quieres mi debilidad para mostrar tu grandeza.

Por eso querido niño, niña, joven o jovencita, no te des rindas. Así como San Agustín, como San Andrés Wouters, y como yo, un indigno siervo de Dios, tu también, con su ayuda, puedes levantarte y luchar por esa santidad, que no se define por tu pasado, sino por tu amor y confianza en Dios.

No hay nada que hayas hecho, dicho o pensado, no hay herida, trauma o pasado, que no pueda ser reparado por tu creador. Porque te ama con locura. Porque su amor es tan inmenso y profundo que no puedes llegar a comprenderlo. O tal vez si. ¿Nunca has perdonado hasta lo imperdonable solo porque estabas enamorado o enamorada?

Bueno, Jesús, está tan enamorado de ti, de mi y de todos, que no dudó en ser clavado en una cruz por nosotros. La cruz es la más grande prueba de su amor. No pide más que tu si, que un si sincero, que una entrega total y confiada. No necesitar ser santo para acudir a Él. Al contrario, el quiere tus miserias, tu dolor, tus pecados, tus dudas, tus miedos e inseguridades, tu pasado, tu dolor, tu sensibilidad, todo lo quiere de ti, para renovarte, para hacerte descansar, y para enseñarte que de su mano, nada es en vano, que todo tiene un motivo y que solo en Él, puedes descansar y ser feliz.

Nunca dejes de levantarte ni de volver a Jesús. Haz como Wouters, sigue luchando, intenta todos los días ser mejor, tómate de la mano de Dios y no te sueltes, no apartes tu mirada de su mirada. Y verás como algún día, llegará esa corona de la santidad, que tan inalcanzable parecía, pero su gracias y tu confianza en él, pudieron hacer posible.

Todos podemos ser santos. Todos debemos ser santos. Si sientes que la lo has perdido todo y que no vales para nada, recuerda: TODAVÍA PUEDES SER SANTO.


Sancte Andrea Wouters,

ora pro nobis.

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